Fue la derrota más dolorosa. Cruel con el hincha que pobló el Centenario. Cruel con el que desde tempranas horas puso su hombro y corazón para armar una fiesta inolvidable. Fue dolorosa y cruel por la manera en la que Peñarol jugó, por la poca inteligencia que se tuvo en la cancha. Fue dolorosa y cruel por las consecuencias deportivas, porque se perdió el primer lugar del Grupo 8 y se afrontarán los octavos de final sin Juan Manuel Olivera.
Fue cruel y dolorosa por las pocas ideas que aparecieron para tratar de sumarse al día más fantástico de los últimos tiempos. Fue cruel y dolorosa porque por momentos se bailó al ritmo del toque del conjunto de Avellaneda.
Fue cruel y dolorosa porque no hubo contención en el mediocampo y, entonces, inexorablemente se quedó expuesto a la capacidad técnica de un equipo que llegó al Centenario sin otra responsabilidad que la de demostrar que su grandeza está por encima de los momentos circunstanciales que marca su vida deportiva.
Y Peñarol estuvo mal parado siempre. Corriendo con desesperación detrás de la pelota, tratando de ejercer una presión que jamás ahogó la salida del visitante, porque jugaron con una paciencia y frialdad que generó envidia.
Tocando y tocando, en ocasiones con pases muy cortos, el "Rojo" fue armando las jugadas como quiso. Fabricando espacios, obligando a Peñarol a tener siempre el corazón en la boca.
La diferencia en el juego fue amplísima. Se notó desde la intención que tuvo el arquero Assman de cuidar el balón desde la salida de su área, se cimentó a partir del instante que Battión giró para un lado y para el otro, amagando constantemente, para encontrar la mejor salida.
Así, sin nervios, para asegurar la pelota, para impedir que su oponente le llegara con potencia al área, Independiente condenó a Peñarol a buscar el gol por un centro o una jugada de pelota quieta.
Que esta vez no llegó porque atrás el visitante también se mostró seguro y firme.
Además, con el marcador en su contra desde el primer tiempo, aunque hubo momentos en los que pareció que se podía llegar a lastimar, las imágenes más fuertes que se recibieron desde la cancha las proporcionó el ataque de Independiente, particularmente desde el instante que entró al campo de juego el super habilidoso Patricio Rodríguez.
La pocas luces que le quedaban a los aurinegros se fueron apagando lentamente y la última llegó cuando Olivera se hizo expulsar por meterle un cabezazo en la cara a Velez. Por más que también vio la roja Assman, Peñarol sufrió allí un tremendo golpe para lo que viene. Peor no le pudo ir. Más amargura, imposible.