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martes, 2 de mayo de 2017

“NANTES: Monocopias, trazos y líneas” en Trinidad.

El Gobierno Departamental de San José a través de la Dirección General de Cultura, y el Gobierno de Flores tienen el agrado de invitar a la apertura de la muestra denominada “NANTES: Monocopias, trazos y líneas”, obras del Maestro Hugo Nantes pertenecientes al acervo del Gobierno Departamental de San José.


La misma se desarrollará el próximo jueves 4 de mayo a las 19:00 horas en las instalaciones del Teatro Artigas de Trinidad, en el marco del proyecto "San José Demuestra" y celebrando los 100 años del mencionado teatro.

Un Nantes por Lic. Fernando Rius Herrero

Más allá de los datos biográficos, perseguidos por muchos con afán detectivesco; o de la anécdota graciosa que promueve una versión portátil del artista;  o de las glosas de catálogos, tendidas como vanas alfombras de palabras entre el espectador y la obra; más allá de todas estas operaciones intermediarias, el hecho plástico se reserva el derecho de ser expresado sólo en su lenguaje de formas, texturas y colores.  Cualquier traducción –como ésta– resulta inverosímil. De algún modo es verdadero aquello que en clave literaria predicara Pedro Salinas: “la poesía se explica sola si no, no se explica”. Y cuanto más genuina es la experiencia estética, cuanto más intensa la vibración que prodiga, tanto más infructuosos resultarán todos los esfuerzos de las lenguas que hablan los hombres por capturar la verdad de un efecto artístico. El arte es inefable. Tales afirmaciones, inútil aclararlo, comprenden enteramente a Hugo Nantes. Una muestra retrospectiva de su obra no puede ser vista como una mera colección de cuadros y esculturas. Se trata, en todo caso, de la manera más categórica de confirmar la presencia de ese contenido intransferible de toda auténtica creación visual. Sin embargo, la inconfundible autoridad de una composición plástica arduamente elaborada y lograda, incluso con las ocurrencias del azar que cabe conjeturar –“el arte sucede” sentenciaba James Whistler–, no debe ser jamás ocasión para el desdén hacia la labor crítica como si fuera ésta una actividad verbal subsidiaria. El arte, cuando lleva bien puesto este nombre, representa, antes bien, el punto arquimédico donde ha de apoyarse un nuevo fenómeno cultural, fecundo en segundo grado, tanto más reflexivo cuanto mayor estatura artística tenga su objeto original.  Esta mirada del espectador, hacia atrás, sobre algunas obras de Nantes, hábilmente entresacadas de medio siglo de producción es, inevitablemente, una mirada hacia adelante. Al ver la obra de un visionario se mira con él. Todo arte es objeto de conocimiento pero, además y fundamentalmente, sujeto de conocimiento.  Puede haber lugar para el ritual o la manía de buscar la coherencia de asuntos o técnicas o estilos a través de un periodo vital demasiado extenso e indócil consagrado a forjar una personalidad artística y, a su vez, por qué no, a intentar desmarcarse de ella. Puede abordarse la muestra con las apetencias de quien fríamente practica la disección para dejar al descubierto los filamentos de una matriz estética o semiótica más o menos oculta. Puede rastrearse la genealogía, la intertextualidad o el típico parentesco de vernissage que pone en evidencia menos la profundidad del artista que la superficialidad del comentarista. Puede, en fin, acosarse al hecho plástico hasta que dé falso testimonio sobre su vínculo raigal con el mundo. Todo eso podría tener cabida ante la infinita generosidad del arte.  Pero, por sobre todas las cosas, hay que dejar que Nantes mire a través de nosotros para que nosotros podamos mirar a través de Nantes. 
La verdadera coherencia de tantos años dedicados a una fantasía  laboriosa no puede hallarse sino en una diversidad donde, siempre de la mano del artista, saltamos de la pintura a la escultura, del color a la ausencia de color, de lo figurado a lo abstracto, de una materia a otra materia –en los dos sentidos que le caben al término–, de un Nantes a otro Nantes. La peripecia existencial del autor, apenas entrevista, nos alcanza y nos devuelve a nuestra propia peripecia como en un juego de inquietantes espejos. Si como advertía Hans-Georg Gadamer “comprender es comprenderse”  cada trazo, cada toque cromático, cada gesto material de Nantes nos ofrece una inmejorable oportunidad para este íntimo ejercicio hermenéutico. 

El desafío está ahí en el ámbito sereno de una sala que recibe todas las creaciones y las dispone afablemente para que liberen sus delicadas y mutuas tensiones, producto de una sintaxis visual tenuemente esbozada con la complicidad de nuestra mirada deslizándose en el tumulto o en la soledad. Aunque, justo es decirlo, el artista plástico, y es esto particularmente notorio en su ciudad natal, rebasa los límites y las reservas institucionales.  Tanto en la esfera pública como en la privada, al abrigo o a la intemperie, un sinfín de creaciones nantescas– si cabe el adjetivo–pueblan su pueblo como una cara excepción de una innombrable profecía.  No hay clavo en la pared que no sostenga la dignidad de un Nantes. Extraña forma de hacer realidad aquel viejo quiasmo de Oscar Wilde: “el arte no debe ser popular el pueblo debe ser artístico”.

Amén de estas multiplicidades, un problema menor es reconocer en Nantes a un artista mayor.  Su obra ha salido del país para entrar en muchos otros países. Los avatares de un mercado ávido y  los vaivenes de exposiciones o imposiciones poco parecen importar a este hombre que mimetizado con el paisaje urbano camina como personaje risueño detrás de cuyo semblante habita desdoblado un artista feliz con su arte. Tal vez sea Nantes uno de esos creadores donde más claramente se percibe un contraste entre lo que el hombre muestra y lo que muestra el artista.  Este distanciamiento aparente en nada afecta la extraordinaria sinceridad de su expresión artística. Aunque el hombre no revele al artista, el artista revela al hombre. Quizá sea en los motivos populares que afloran aquí y allá, tanto en dos como en tres dimensiones, donde por la vía explícita del tema uno y otro se aproximen hasta fundirse. Una de sus realizaciones más celebradas, Jugadores de truco, a medio camino entre la escultura y la instalación, nos invita con su emblemático lugar vacío a sentarnos a la mesa en una típica estratagema de obra abierta, la que, según Umberto Eco, espera cerrarse con la blanda participación del espectador. Sumándose a estos personajes como brotados de un cuento de Paco Espínola, el cuarto, el que mejor completaría esa escena fantasmagórica sería el propio Nantes.  Indudablemente, es ése un reto para nuestra imaginación.  

Fernando Rius Herrero
* Textos que acompañaron el catálogo de Nantes en la Muestra retrospectiva del año 2006.

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